Mi madre siempre dice que la habitación de uno es el reflejo del estado en el que se encuentra su mente. No sé si es porque ella me crió con ese lema –junto a muchos otros–, o si tiene toda la razón del mundo y es aplicable a cualquier otra persona, pero al menos en mi caso es totalmente cierto.
Recuerdo que cuando mis hermanos y yo éramos niños, hacíamos limpieza general de nuestras habitaciones una vez al año. Ese fin de semana repasábamos todos los juguetes, uno por uno, y teníamos que decidir cuales seguían en la habitación y cuales ya no utilizábamos desde hacía tiempo y podíamos bajar al trastero “a acumular polvo”. Yo entonces no era consciente, pero es algo que en mi vida adulta me está sirviendo de gran ayuda. Cuando siento que todo me supera, que las cosas dejan de tener sentido, que los esfuerzos que hago son en vano, es entonces cuando ordeno mi habitación. Una vez he terminado me siento otra y puedo sentarme a pensar. Lo más curioso del caso es que es un acto inconsciente, simplemente empiezo a ordenar. Sé que cuando mi madre lea esto se va a reír, por las miles de veces que me pidió que ordenara la habitación.
Ordenar y limpiar me relaja, me deja pensar; deshacerme de todas aquellas cosas que he ido acumulando durante semanas, cosas que pensaba que iba necesitar, que me gustaron en su momento pero que en el fondo simplemente van a estar dando vueltas de la mesa al suelo, del suelo a la silla y de vuelta a la mesa, y así sucesivamente. El ordenar mis cosas me permite darme cuenta de lo que tengo, de lo que me rodea y de poder dejar ir todo aquello que realmente no necesito. Tiques de compra que siempre guardo porque algún día quiero empezar a administrar mis cuentas y poder tener controlado hasta el último centavo; billetes de tren que me recuerdan aquel viaje a las afueras de la ciudad o tarjetas de embarque que me hacen pensar en las vacaciones, pero que nunca añado a mi diario porque siempre pienso que escribir con eso debajo va a ser coñazo; botes de crema hidratante, desodorante, perfumes, anillos, pulseras, gomas del pelo, medicinas, ropa y más ropa, zapatos, toallas,… Una larga lista de cosas que se rompen, que no necesito para nada, que ya no utilizo y que irremediablemente se van acumulando porque siempre pienso “¿y si…?”, “seguro que quiero hacer este altavoz casero y estos son los materiales”, “esta botella de vino se va a ver genial si encuentro una flor bien bonita que poner”. Y así mil cosas que al final acaban en nada.
Así que para mi, ordenar es la clave de la cuestión. No obstante, la cosa tampoco no es tan fácil. Hay veces que por mucho que intente poner orden, el desorden vuelve a mi en cuestión de horas, así sin más, como por arte de magia. Esos son los momentos de pánico y perdición, de cuando realmente me cuesta entender cual es el problema, es cuando tengo que sentarme a hablar seriamente conmigo misma. Porque la solución no viene con el ordenar, el ordenar ayuda al pensar y en ciertas ocasiones hay que entender que es momento de empezar a ordenar las cosas de un modo distinto: el sistema antiguo ya no sirve y tengo que encontrar otro orden de las cosas.
Necesito “atacar” a fondo el problema, abrir las carpetas y libretas y leer lo que realmente hay en ellas, cambiar los libros que tengo en las estanterías y poner otros de nuevos o de viejos que hace tiempo que no leo, quitar las fotografías que cuelgan de las paredes y buscarles otro rincón o actualizarlas, los bolígrafos, las sábanas, limpiando todo a fondo a mi paso,… Todo tiene que evolucionar, modificarse, mutar y encontrar su nuevo lugar. El proceso puede durar horas, días o semanas, da lo mismo, la cuestión es que es necesario y los elementos van viniendo a mi poco a poco. Hay que tomárselo con calma, escudriñar el horizonte de nuestro interior y ver lo que realmente nos falta, es entonces cuando la parte material se aparecerá ante nosotros, como si siempre hubiera estado ahí. Al menos a mi, es lo que me funciona.
Molt interessant ja que segur que molta gent aprendrà que moltes vegades has de parar per despres millorar.
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