
¿Que hace que nos sintamos tan atados a lo material? Evidentemente necesitamos de las cosas materiales que nos rodean para suplir nuestras necesidades más básicas, y las menos básicas también. Una casa para vivir, ollas para cocinar, un coche para desplazarnos, ropa para vestirnos, armarios, libros, cajones, lámparas, sillas, cojines, teléfonos, zapatos, cestos, CDs, mochilas, arte, lápices y rotuladores, papel, y un larguísimo etcétera de cosas que que utilizamos cada día. Unos objetos son más valiosos que otros y, en ocasiones, el mismo objeto puede tener valores muy diferentes dependiendo de la persona que lo posea.
Yo tenía una bicicleta. Se llamaba Tundra y era medio gris del sillín hacia atrás y medio rojo anaranjada por la mitad delantera. Tundra pesaba un quintal y cada vez que subía una cuesta o tenía que levantarla me acordaba de la madre y familiares de quien la había fabricado. Los frenos y el cambio de marcha no eran muy de fiar, pero aún funcionaban relativamente bien; cada vez que utilizaba los frenos los transeúntes se giraban para averiguar qué era todo aquel chirriar que se les acercaba peligrosamente. Vamos, que NO era una bicicleta con la última tecnología. Más bien era una bicicleta que había sido abandonada en el jardín trasero del trabajo de un familiar. Después de un año a la intemperie se dieron cuenta que aquella bicicleta no era de nadie y así acabó en mi posesión; este familiar no quiso tirarla al basurero y pensó que me seria de gran ayuda porque yo no tengo coche. Hasta aquel entonces para mi Londres era sinónimo de andar una cantidad de quilómetros descomunal. Por eso para mi Tundra, con todos y cada uno de sus defectos, me ofreció algo único: más libertad de movimiento. De repente me encontré que podía prescindir del transporte público y pasé de utilizarlo a diario a tan solo en ocasiones contadas, la cantidad de dinero ahorrado se iba multiplicando, hacía ejercicio y además descubría el barrio con todas sus zonas verdes y casitas adosadas.
Me sentía feliz, era una extensión de mi persona hasta que alguien decidió robarla. En cuanto vi que no estaba donde la había dejado aquella mañana al entrar a trabajar un vacío se creó en mi interior, parecía que me habían arrancado un brazo o una pierna. Me desesperé, miré detrás de las verjas del parking por si a alguien se le había ocurrido lanzarlo por ahí por aburrimiento –porque a veces pasa, la gente se aburre y destroza las cosas de los demás pensando que es muy divertido. Pero no, ahí no había ni rastro de Tundra. Entré a la recepción de donde trabajo y les dije a las chicas que mi bicicleta había sido robada. La mayoría no se inmutó mucho, pero por suerte una de ellas si que pareció interesarse de verdad. Mientras le contaba cómo había ido la cosa, un paciente que estaba siendo atendido por la recepcionista me miró y con toda la tranquilidad del mundo me dijo “it´s gone”. Lo dijo como si fuera la cosa más normal del mundo, como queriendo decir “bueno, y que quieres hacerle, te la han robado, ya no está aquí, ¿que puedes hacer?”. Me chocó mucho si actitud, para él era solamente una bici, pero para mi representaba una cantidad de dinero en transporte público que no podía pagar en aquellos momentos; los paseos de fin de semana evidentemente también se habían ido. Muchas cosas dependían de aquella bicicleta desvencijada que tanto me había dado con su única virtud.
Para mi, este objeto material que es la bicicleta era un elemento central en mi vida, me permitía poder vivir. Para otra persona una bicicleta es tan solo un objeto de recreo, una cosa que pasa la mayor parte del tiempo en el garaje sin pena ni gloria y que con suerte sale a la carretera un par o tres de veces al año. Este objeto con dos ruedas me permitió ver cosas que sentada –o más probablemente de pie- en un autobús no podría haber descubierto. Por eso no podía dejarla ir con tanta alegría. Ese mismo día compré otra bicicleta, y me sorprendí a mi misma al sentir que estaba traicionando a Tundra. Después de tantas aventuras juntas me estaba costando…. Me ayudaba pensar que se había ido de la misma manera en que había llegado a mi, robada. Era casi poético… aunque era muy consciente de que aquella vez su final iba a ser distinto. Esa vez la iban a destrozar y destripar.
Pero no desistí en seguir buscándola. Denuncié su desaparición a la policía y al cabo de dos días volví por el barrio con Steve, un buen amigo, a dar una vuelta a ver si la encontrábamos. Él estaba convencido de que íbamos a dar con ella, él había “sufrido” a Tundra tanto como yo –aunque para ser más exactos me había sufrido a mi conduciendo a Tundra. Dejamos el coche delante del trabajo y empezamos a andar, Steve parecía como guiado por algo, como si supiera en qué dirección había que ir aunque en realidad había estado por la zona un par de veces. Andamos por callejones traseros, por sitios que sola y de noche nunca se me hubiera ocurrido pasar, hasta que a lo lejos me pareció ver una bicicleta roja. Parecía distinta, Steve dijo que no, que no recordaba que el manillar fuera tan oscuro, pero a la que nos acercamos más no hubo ninguna duda. Tundra estaba ahí, en el jardín delantero de una de las casas adosadas tan típicas inglesas. Y cogí lo que es mío y nadie salió a discutirlo.
Habían cambiado y destrozado la rueda trasera, cortado el cableado de los frenos, el sillín estaba a pedazos y habían intentado destrozar el candado que bloqueaba la rueda delantera al cuerpo de la bici a martillazos. Tundra estaba arruinada, ya no iba a funcionar nunca más pero decidí llevármela de todos modos, no iba a dejarla en manos de unos energúmenos que al final resultaron ser pacientes del centro donde trabajo. Sentí alegría y pena al mismo tiempo, había encontrado a Tundra pero ya no la podía utilizar y repararla me iba a costar caro. Al mismo tiempo ya tenía otra bicicleta nueva y esto hacía que mis sentimientos fueran muy opuestos. Tuve las dos bicicletas unos días en casa y tengo que confesar que las presenté formalmente, como si tuvieran vida y personalidad propia.
Al final, después de varios días en casa, tuve que tomar una decisión. Yo no podía reparar a Tundra y tenía la sensación de que tenía que pasar a ser la posesión de otra persona. Mi tiempo con ella ya había llegado a su fin y tenía que dejarla ir para darle un futuro mejor, así que una buena tarde la llevé a la charity shop muy solemnemente. En los últimos metros antes de entrar en la tienda cayó tal chaparrón que en menos de un minuto pareció que las dos nos habíamos caído al río.
– I don´t understand why you are not keeping it, it´s a good bike. –me dijo el chico que estaba en el mostrador.
– That´s fine, you don´t need to understand. She needs to do some good somewhere else now. -y me fui de la tienda sin mirar atrás.