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El reto vegano

Después de ver el documental Cowspiracy, en el que se denuncia que -explicado a grosso modo- la ganadería poluciona y es mucho más insostenible que las más grandes de las ciudades del planeta todas juntas, he decidido junto con mi amigo Steve aceptar el reto vegano que proponen los directores del documental en su página web. Treinta días sin comer carne, pescado, ni nada que provenga de cualquier animal; la única excepción que hemos aceptado es el consumo de huevos.

El primer día fue un poco caótico. Yo por mi parte me dejé la tarjeta de crédito en casa y me di cuenta una vez ya en el supermercado que hay al lado de la oficina, y no, tampoco llevaba ni una simple moneda en el monedero. Aunque la noche anterior me había preparado una crema de verduras para el almuerzo, mi intención era comprar plátanos, leche de soja o avena para el café, y algunos biscotes de centeno. Pero nada, tuve que volver a dejarlo todo otra vez en los estantes e ir a la oficina esperando que allí hubiera algo de comida que no incluyera nada de procedencia animal. A parte de las infusiones que normalmente tengo allí guardadas en un cajón –té verde con limón, te de naranja y limón, infusión de ortigas,…- no había absolutamente nada que me estuviera permitido. Si la etiqueta no decía leche de vaca en polvo era huevo pasteurizado, y sino leche de vaca en cualquiera de sus formas otra vez… ¡Yo tenía hambre!

Pasado el mediodía recibí un mensaje de Steve. La primera mañana como vegano no le estaba resultando fácil (¡y él hace años que es vegetariano!) al tener que leer atentamente todas las etiquetas de lo que quería consumir. Lo que más le costó fue el no poder untar el pan con mantequilla… se vio obligado a ponerle crema de cacahuete y no es lo mismo, se quejaba. Se pasó el día diciendo que tendría que haber hecho una búsqueda mucho más exhaustiva de lo que el veganismo implica.

El segundo día ya es otra cosa. Al menos para mi no ha significado hambre y si descubrimiento, igual que para Steve. He descubierto la leche de avena, está muy buena y la verdad es que le da un toque diferente al café de la mañana. Pero he cometido un gravísimo error por la tarde, he comprado una bolsa de patatas fritas sabor sal y vinagre que tanto me gusta a mi pensando que eso no llevaría ninguno de los ingrediente prohibidos. Error garrafal. Llevan leche, ¡las patatas fritas de bolsa llevan leche!

Steve por su parte sigue echando de menos sus productos lácteos, hoy ha sido el queso. Se ve que alguien ha mencionado la palabra “queso” y sus papilas gustativas se han puesto a salivar como si llevara meses sin probar un trocito. Hoy, aunque con menos intensidad, sigue convencido de que tendría que haberse informado mejor antes de embarcarse en esta aventura.

Por la noche nos ha gustado el plato vegano que he preparado y los dos nos quedamos con la parte positiva del experimento: descubrir cosas nuevas y darnos cuenta de los ingredientes que llevan las cosas que comemos, sobre todo de procedencia animal. Normalmente ni tan siquiera nos fijamos en lo que consumimos, simplemente nos lo llevamos a la boca porque nos gusta y nos produce placer. Cuanto más consumimos más queremos y así entramos en una rueda que no acaba nunca. ¿Estamos atrapados?

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