Es el último domingo de sus vacaciones de verano. La noche anterior salió a tomar unas copas con un amigo y la resaca le ha durado toda la mañana. Después de comer y de echarse una buena siesta se le pasa por la cabeza que, como que la casa parece estar en relativo silencio y cada uno se dedica a sus actividades, puede ponerse a escribir un rato.
En el salón se sienta delante del ordenador, página en blanco, manos en los muslos, respiración honda. Los brazos se levantan y quedan en suspensión como si fuera un pianista en la audición más importante de su vida, intenta fijar su mente en algún punto por el cual empezar a teclear y, cuando está a punto de escribir la primera palabra, su compañera de piso sale espitada de su habitación y baja las escaleras pegando saltitos y cantando aquello de “Hackuna matata…”. Manos en los muslos otra vez. La chica vuelve a subir a su habitación. Silencio.
La concentración ya se ha ido, ya no vale la pena, además le sigue doliendo la cabeza. ¡Para qué negarlo! se está haciendo mayor, ya ha cumplido los treinta y por mucho que la gente diga que la vida empieza a esa edad, nuestro proyecto de escritora no lo siente así. Ella siempre había querido escribir y aquí está, intentando escribir y viéndose distraída por una chiquilla de 22 años que cree que la vida es de color de rosa y que se olvida de que ha tendido ropa en el jardín por más de dos semanas. Nuestro proyecto de escritora reconoce que en el fondo la envidia.
La envidia en el sentido de que ella también quiere ser capaz de olvidarse de la ropa tendida y darse cuenta de ello cuando ya lleva días caída por el suelo, entre las piedras, la hierba y las rosas; cuando los caracoles ya la han babeado y las babosas buscan refugio entre las costuras y es necesario pegarle otra vuelta por el tambor a 90 grados, al menos una vez más antes de ponerla a secar otra vez y olvidarse de nuevo. Envidia a la gente que no se toma la vida demasiado en serio. Sin embargo, no siente ninguna envidia por la gente que no se toma la vida nada en serio. Hakuna Matata en el fondo es un buen lema piensa, “no te preocupes, sé feliz”.
Es así como las manos se vuelven a levantar, a punto para atacar el teclado de nuevo, segunda envestida y esta vez acierta pese a que lo escrito no tenga ningún sentido.
Nuestro proyecto de escritora se da cuenta de que lleva tanto tiempo preparándose para EL momento, que ahora le va a costar mucho más. No pasa nada, todo tiene arreglo y el tiempo no ha sido malgastado. Tiene que pulir, reescribir, dar forma y tachar para volver a crear. No pasa nada, es normal. Ahora se siente mejor, más tranquila y relajada; ahora es el ahora, y puede que el ahora que le decían los que ya han pasado la treintena. Ahora está aquí, no importa si sale mal, ya saldrá bien algún día. Está empezando a no preocuparse y a disfrutar. Una leve sonrisa se dibuja en sus labios.